viernes, 19 de febrero de 2016

LA CABRA PIADOSA

LA CABRA PIADOSA

         Cuenta un fabulista de la República Carpetovetónica que había una cabra joven en la sierra del arraclan, la cual emigró a la capital del reino en busca de mejor vida. Pero ¿cómo ocurrió esta aventura cabritera siendo las cabras tan poco propensas a formas de vida civilizadas? Esta fue la pregunta que todo el mundo se hizo y con razón. Pero vayamos por partes.
         La joven cabra del fabulista carpetovetónico nació en el monte y de ahí que fuera conocida en la región como cabra montesa y de ahí también el dicho popular: la cabra tira al monte. En el monte nació y vivió durante su adolescencia, perseguida permanentemente por cazadores para ser desollada y asada con fuego de pinos, robles, piornos serranos y albares. Eran tiempos de hambruna después de una guerra civil oficialmente terminada, pero prolongada por la guerrilla con postre de “maquis” y otras extrañas hierbas que salían por los caminos junto a los cardos borriqueños, las víboras y los arraclanes. Por aquella época, cuentan los cronistas, no era raro encontrar a un perro intentando roer durante días consecutivos un hueso de burro muerto en el campo. De ahí aquello de: para buen hambre no hay pan duro.
         Pues bien, en este contexto ecológico y social vivía nuestra joven cabra cuando un día, reflexionando sobre el destino de su vida, decidió abandonar el monte para emigrar a la capital de la república en busca de mejor vida. Pero hete aquí que, para emigrar a la capital tenía que cumplir algunas condiciones legales de trámite. Una de ellas era que tenía que superar un año de prueba de confianza como cabra rural bajo la disciplina de algún cabrero benévolo dispuesto a recibirla.
         No la resultó difícil superar esta prueba dado que la diferencia entre cabras montesas y rurales en la república carpetovetónica no era mucha ni grande. De hecho, en muchos aspectos de la vida las formas de conducta entre estos dos grupos de cabras sociales eran muy parecidas. De ahí también el dicho popular: está como una cabra, o están como cabras, y los cabreros conocían por experiencia profesional el significado de estas expresiones mejor que nadie. Como quiera que ello fuere, nuestra cabra tampoco estaba satisfecha de la vida que llevaba, incorporada al atajo del benévolo cabrero, que muy sorprendido la pidió explicaciones acerca de su descontento.
         Es verdad que fue bien tratada y en ningún momento tuvo motivos fundados para temer que fuera a ser desollada y asada en una parrilla o en las brasas. Tampoco podía alegar que el cabrero la había tirado piedras rompiéndola alguna pata o que la hubiera increpado con gruesas palabras cuando echaba por tierra los cantos de las paredes por donde saltaba, berreaba libremente, o devoraba los arbustos que encontraba a su paso. Sin olvidar que pateó y estercoló por sí sola el huerto del cabrero en menos de una semana habiendo recibido por ello un sueldo generoso.
         Por otra parte tampoco tenía motivos para quejarse porque el cabrero la hubiera reprimido sexualmente. De hecho, durante el año de prueba mantuvo relaciones sexuales libremente con cualquier cabrito, chivo mayor de edad o generoso cabrón, como allí los llaman a los machos cabríos constituidos en autoridad. A pesar de lo cual nunca quedó preñada por lo que tampoco podía quejarse de que el cabrero hubieran vendido sus cabritos al carnicero, o que se hubiera hecho uso indebido de su leche. Paradójicamente, sin embargo, el cabrero anfitrión solía decir que la cabra que le habían confiado tenía muy mala leche. El fabulista no aclara nunca esta aparente contradicción pero algunos investigadores sostienen que el cabrero sólo conocía la vida que hacía la cabra durante el día pero no su vida nocturna. Cierro este paréntesis y seguimos adelante con nuestra pintoresca y fascinante historia cabruna.
         Con las debidas licencias llegó a la capital y no se sabe dónde fijó su primera residencia. Tampoco el fabulista ofrece información alguna acerca de sus estudios o de sus colegas del cabroneo político y social durante esa etapa de su vida. Durante esos lustros cabe pensar que su vida pasó desapercibida en la capital del reino como un cristo oculto en Nazaret.
         Pero pasó el tiempo y la cabra salió por las calles a la vida pública aunque sin dejar de tirar al monte, que era lo suyo. Genio y figura hasta la sepultura. De padres gatos hijos michos, y lo que no se aprende en Salamanca y las buenas escuelas se aprende en las filas de algunos partidos políticos. Ni en la sierra del arraclan ni en el cerro gallinero había manifestado la cabra particular interés por la política. ¿Y por qué? Tampoco el fabulista responde a esta pregunta.
         Pero, como queda dicho, al cabo de varios años de vida privada la cabra saltó a la vida pública en la capital del reino y muy pronto hizo algunos sorprendentes milagros. El fabulista, al llegar a este punto de su historia, no disimula su sorpresa por la preocupación religiosa de la cabra y formuló una hipótesis para explicarla en estos términos.
         La cabra, según él, entró en un sueño profundo y tuvo una experiencia mística alucinante. Sumida ella en el sueño, primero empezó a roncar, luego a berrear y finalmente lanzó un grito erótico al constatar la presencia del dios mítico del amor, que desnudo integral se la había revelado. La cabra se despertó al tiro y con rostro resplandeciente prometió a su dios entregarse de por vida a él con todo su ser, fuerza y corazón agradecido.
         La decisión de entrega a su dios estaba tomada. Pero ¿dónde, cuándo y cómo podría una cabra ofrecer esta ofrenda de amor al dios que tan desnudo y atractivo se la había aparecido en sueños? De momento no la resultó fácil a la joven y mística cabra llevar a cabo su piadoso deseo, pero con la ayuda de cabritos, chivos mayores y de alguna cabra mayor o cabrona de la capital, pudo finalmente dar testimonio público de su conversión al dios mitológico del amor.
         ¿Lugar ideal? En una capilla universitaria. ¿Motivo? Destino de espacio universitario para adorar a otro dios que no era el suyo. ¿De qué manera? Exhibiendo sus pudorosas tetas de cabra en el recinto universitario consagrado al Dios verdadero como ofrenda de amor y respeto. ¿Templo alternativo al espacio universitario? Según la justicia, la cárcel.
         Dice el cronista de la fábula que la cabra, temerosa de ir a la cárcel, se arrepintió ante una autoridad religiosa y que ésta, muy humana y comprensiva pensó: no hay que pedir peras al olmo y por lo mismo no tiene sentido castigar a una cabra que es coherente consigo misma y se comporta públicamente como lo que es. Y el fabulista concluyó: amén, las cabras, cabras son, lo mismo en la sierra del arraclan que en la capital del reino o en la capilla de una Universidad.
         En una posdata, el imparcial cronista de la historia completa su información diciendo que en el reino de España, las cabras piadosas, como la del arraclán que emigró a la capital, se encuentran en pleno auge siendo particularmente devotas de sus genitales y de la oración del Padrenuestro en templos sagrados del nacionalismo. Tanto el fabulista como el cronista lamentan mucho que hayan desaparecido los auténticos atajos de cabras auténticas y en su lugar proliferen los de cabras degeneradas del sexo y de la política. Y el cronista remata su faena con unas palabras sagradas que ni siquiera las cabras más pudorosas y santas alcanzan a entender: Et majora videbitis. (J.P, corresponsal de la república).   



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