LA CABRA PIADOSA
Cuenta
un fabulista de la República Carpetovetónica que había una cabra joven en la
sierra del arraclan, la cual emigró a la capital del reino en busca de mejor
vida. Pero ¿cómo ocurrió esta aventura cabritera siendo las cabras tan poco
propensas a formas de vida civilizadas? Esta fue la pregunta que todo el mundo
se hizo y con razón. Pero vayamos por partes.
La joven
cabra del fabulista carpetovetónico nació en el monte y de ahí que fuera
conocida en la región como cabra montesa y de ahí también el dicho popular: la
cabra tira al monte. En el monte nació y vivió durante su adolescencia,
perseguida permanentemente por cazadores para ser desollada y asada con fuego
de pinos, robles, piornos serranos y albares. Eran tiempos de hambruna después
de una guerra civil oficialmente terminada, pero prolongada por la guerrilla
con postre de “maquis” y otras extrañas hierbas que salían por los caminos
junto a los cardos borriqueños, las víboras y los arraclanes. Por aquella
época, cuentan los cronistas, no era raro encontrar a un perro intentando roer durante
días consecutivos un hueso de burro muerto en el campo. De ahí aquello de: para
buen hambre no hay pan duro.
Pues
bien, en este contexto ecológico y social vivía nuestra joven cabra cuando un
día, reflexionando sobre el destino de su vida, decidió abandonar el monte para
emigrar a la capital de la república en busca de mejor vida. Pero hete aquí
que, para emigrar a la capital tenía que cumplir algunas condiciones legales de
trámite. Una de ellas era que tenía que superar un año de prueba de confianza
como cabra rural bajo la disciplina de algún cabrero benévolo dispuesto a
recibirla.
No la
resultó difícil superar esta prueba dado que la diferencia entre cabras
montesas y rurales en la república carpetovetónica no era mucha ni grande. De
hecho, en muchos aspectos de la vida las formas de conducta entre estos dos
grupos de cabras sociales eran muy parecidas. De ahí también el dicho popular:
está como una cabra, o están como cabras, y los cabreros conocían por
experiencia profesional el significado de estas expresiones mejor que nadie. Como
quiera que ello fuere, nuestra cabra tampoco estaba satisfecha de la vida que
llevaba, incorporada al atajo del benévolo cabrero, que muy sorprendido la
pidió explicaciones acerca de su descontento.
Es
verdad que fue bien tratada y en ningún momento tuvo motivos fundados para
temer que fuera a ser desollada y asada en una parrilla o en las brasas.
Tampoco podía alegar que el cabrero la había tirado piedras rompiéndola alguna
pata o que la hubiera increpado con gruesas palabras cuando echaba por tierra
los cantos de las paredes por donde saltaba, berreaba libremente, o devoraba los
arbustos que encontraba a su paso. Sin olvidar que pateó y estercoló por sí
sola el huerto del cabrero en menos de una semana habiendo recibido por ello un
sueldo generoso.
Por otra
parte tampoco tenía motivos para quejarse porque el cabrero la hubiera reprimido
sexualmente. De hecho, durante el año de prueba mantuvo relaciones sexuales
libremente con cualquier cabrito, chivo mayor de edad o generoso cabrón, como
allí los llaman a los machos cabríos constituidos en autoridad. A pesar de lo
cual nunca quedó preñada por lo que tampoco podía quejarse de que el cabrero hubieran
vendido sus cabritos al carnicero, o que se hubiera hecho uso indebido de su
leche. Paradójicamente, sin embargo, el cabrero anfitrión solía decir que la
cabra que le habían confiado tenía muy mala leche. El fabulista no aclara nunca
esta aparente contradicción pero algunos investigadores sostienen que el
cabrero sólo conocía la vida que hacía la cabra durante el día pero no su vida
nocturna. Cierro este paréntesis y seguimos adelante con nuestra pintoresca y fascinante
historia cabruna.
Con las
debidas licencias llegó a la capital y no se sabe dónde fijó su primera residencia.
Tampoco el fabulista ofrece información alguna acerca de sus estudios o de sus
colegas del cabroneo político y social durante esa etapa de su vida. Durante
esos lustros cabe pensar que su vida pasó desapercibida en la capital del reino
como un cristo oculto en Nazaret.
Pero pasó
el tiempo y la cabra salió por las calles a la vida pública aunque sin dejar de
tirar al monte, que era lo suyo. Genio y figura hasta la sepultura. De padres
gatos hijos michos, y lo que no se aprende en Salamanca y las buenas escuelas
se aprende en las filas de algunos partidos políticos. Ni en la sierra del
arraclan ni en el cerro gallinero había manifestado la cabra particular interés
por la política. ¿Y por qué? Tampoco el fabulista responde a esta pregunta.
Pero,
como queda dicho, al cabo de varios años de vida privada la cabra saltó a la
vida pública en la capital del reino y muy pronto hizo algunos sorprendentes milagros.
El fabulista, al llegar a este punto de su historia, no disimula su sorpresa por
la preocupación religiosa de la cabra y formuló una hipótesis para explicarla
en estos términos.
La cabra,
según él, entró en un sueño profundo y tuvo una experiencia mística alucinante.
Sumida ella en el sueño, primero empezó a roncar, luego a berrear y finalmente
lanzó un grito erótico al constatar la presencia del dios mítico del amor, que
desnudo integral se la había revelado. La cabra se despertó al tiro y con
rostro resplandeciente prometió a su dios entregarse de por vida a él con todo
su ser, fuerza y corazón agradecido.
La decisión
de entrega a su dios estaba tomada. Pero ¿dónde, cuándo y cómo podría una cabra
ofrecer esta ofrenda de amor al dios que tan desnudo y atractivo se la había
aparecido en sueños? De momento no la resultó fácil a la joven y mística cabra
llevar a cabo su piadoso deseo, pero con la ayuda de cabritos, chivos mayores y
de alguna cabra mayor o cabrona de la capital, pudo finalmente dar testimonio
público de su conversión al dios mitológico del amor.
¿Lugar
ideal? En una capilla universitaria. ¿Motivo? Destino de espacio universitario
para adorar a otro dios que no era el suyo. ¿De qué manera? Exhibiendo sus pudorosas
tetas de cabra en el recinto universitario consagrado al Dios verdadero como
ofrenda de amor y respeto. ¿Templo alternativo al espacio universitario? Según
la justicia, la cárcel.
Dice el
cronista de la fábula que la cabra, temerosa de ir a la cárcel, se arrepintió
ante una autoridad religiosa y que ésta, muy humana y comprensiva pensó: no hay
que pedir peras al olmo y por lo mismo no tiene sentido castigar a una cabra
que es coherente consigo misma y se comporta públicamente como lo que es. Y el
fabulista concluyó: amén, las cabras, cabras son, lo mismo en la sierra del
arraclan que en la capital del reino o en la
capilla de una Universidad.
En
una posdata, el imparcial cronista de la historia completa su información
diciendo que en el reino de España, las cabras piadosas, como la del arraclán que
emigró a la capital, se encuentran en pleno auge siendo particularmente devotas
de sus genitales y de la oración del Padrenuestro en templos sagrados del nacionalismo.
Tanto el fabulista como el cronista lamentan mucho que hayan desaparecido los
auténticos atajos de cabras auténticas y en su lugar proliferen los de cabras
degeneradas del sexo y de la política. Y el cronista remata su faena con unas
palabras sagradas que ni siquiera las cabras más pudorosas y santas alcanzan a
entender: Et majora videbitis. (J.P, corresponsal de la república).
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